Anorexia nerviosa: porqué es tan difícil su tratamiento y recuperación

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Los trastornos de la conducta alimentaria corresponden a una amplia variedad de cuadros clínicos que deben ser evaluados de forma concienzuda, ya que en caso de no ser detectados  y tratados oportunamente pueden conducir incluso a la muerte del paciente.

A los trastornos de conducta alimentaria en general, y la anorexia nerviosa (AN) en particular, no se les atribuye una etiología clara, considerándose más bien multifactorial, con la participación de componentes genéticos, metabólicos, sociales, de personalidad, endócrino, de aprendizaje, antecedentes de maltrato, perfeccionismo y otros factores psiquiátricos que a la hora de ser analizados pueden tener más de una causa.

Al analizar la química cerebral, se ha visto que la dopamina es una señal importante para analizar el enfoque alimentario, y los modelos animales sugieren un incremento de la activación neuronal de la dopamina posterior a una restricción alimenticia, lo que ha llevado a considerar que los circuitos cerebrales que implican este neurotransmisor son importantes para la fisiopatología de la anorexia nerviosa, puesto que las neuronas dopaminérgicas -que participan en el circuito de la recompensa- son las encargadas de codificar la predicción del error en el cerebro, para que un ser vivo tome una decisión beneficiosa y así obtener una recompensa, que podría ser explicada como una adaptación a la inanición, para motivar a acercarse a los alimentos.

Epidemiología

La anorexia nerviosa se presenta con mayor frecuencia en  adolescentes sin antecedentes de enfermedad psicológica previa, que exhiben un ligero sobrepeso, hecho que las motiva a buscar de manera repentina la pérdida de peso, centrándose en una imagen obsesiva de delgadez.

Esta enfermedad, mucho más común en las mujeres, presentándose habitualmente entre los 15 a 25 años, si bien puede darse en otros grupos etarios con menor frecuencia. Se calcula que una de cada 100 adolescentes sufre de anorexia nerviosa.

Según las estadísticas, en México, cada año se registran unos 20 mil casos de anorexia y bulimia, siendo la población de entre 15 y 19 años de edad la más afectada, evidenciando una situación alarmante, considerando además que el 10% de esos pacientes han tenido un intento de suicidio. Como un hecho agravante, se sabe que únicamente 25% de estos pacientes reciben un tratamiento especializado.

El cerebro y la anorexia

Una reciente investigación publicada en el JAMA Psychiatry proporciona evidencia de que las respuestas cerebrales de error de predicción pueden desempeñar un papel clave en la fisiopatología de la anorexia nerviosa.

El objetivo de este estudio era evaluar si la respuesta de aprendizaje y de recompensa cerebral al gusto en la AN en un grupo de adolescentes estaba alterada y asociada con la respuesta al tratamiento y la conectividad de ciertas estructuras cerebrales.

Se trató de un estudio transversal realizado entre  julio de 2012 a mayo de 2017, donde se analizaron imágenes multimodales del cerebro de adolescentes y adultos jóvenes con AN (n=56) y controles sanos (n=52), donde los investigadores compararon la actividad cerebral de ambos grupos.

Los participantes aprendieron a asociar formas y colores con el hecho de obtener o no una recompensa consistente en una solución azucarada en base a sacarosa. A veces, cuando esperaban el azúcar, no obtenían nada y, ocasionalmente, cuando no esperaban el carbohidrato, lo obtenían, lo que ocasionaba el error de predicción relacionado con la dopamina (EP).

En estos casos se estudió la conectividad dinámica que se producía al recibir el sabor dulce, por medio de la visualización de la activación cerebral a través de la red cerebral que regula la alimentación.

Error de predicción y anorexia

Aquellos con AN tendían a tener una respuesta cerebral de error de predicción más fuerte, es decir, habían aumentado la actividad cerebral en respuesta a la inesperada obtención o no de agua azucarada. Estos casos de relacionaron con una mayor ansiedad y un menor aumento de peso para aquellos pacientes en tratamiento para la AN.

Las respuestas cerebrales de error de predicción aumentadas se detectaron en zonas de el caudado, el núcleo accumbens y la ínsula.

La importancia de este estudio, como explica uno de sus autores -Guido Frank, profesor asociado de psiquiatría y neurociencia en la University of Colorado School of Medicine– radica en que: “La anorexia nerviosa es el trastorno más mortal en psiquiatría, y hasta hace poco teníamos poca comprensión sobre la función cerebral en la anorexia nerviosa”. “Durante las últimas 2 décadas, la neurociencia, ayudada por la nueva tecnología, ha logrado un progreso significativo en el desarrollo de modelos de cómo funciona el cerebro. Esos modelos ahora se pueden usar para estudiar trastornos psiquiátricos“.

Además, al ahondar en la conectividad cerebral: “El modelo de error de predicción es un modelo basado en neurociencia que podemos usar para imágenes del cerebro humano. El modelo proporciona información sobre la función de recompensa cerebral y podemos hacer inferencias sobre el sistema de dopamina”, agrega Frank.

También- en palabras de este investigador- sirve para dar una explicación del porqué es tan difícil el tratamiento y la recuperación de estos pacientes: “Nuestros resultados sugieren el siguiente modelo de por qué es tan difícil recuperarse de la anorexia nerviosa: el cerebro se adapta a la restricción de alimentos en la anorexia nerviosa y envía el mensaje ‘aliméntame’. Sin embargo, ese mensaje está en conflicto con el deseo de perder peso, creando un conflicto interno. La persona con anorexia nerviosa “resuelve” el conflicto al no comer y reducir la ansiedad. Eso, sin embargo, aumenta la señal del cuerpo para comer y comienza un círculo vicioso“.

Limitaciones del estudio

Como indica Frank, aún existe mucho desconocimiento sobre la química cerebral implicada en estos procesos de recompensa: “No hemos respondido directamente a preguntas como qué neurotransmisores específicos están involucrados en este mecanismo. Esto será clave para identificar los medicamentos que podrían ayudar en el proceso de recuperación”. “También debemos comprender mejor cómo la formación de hábitos influye en los efectos a largo plazo de la enfermedad en el cerebro”.